, Redes sociales y efectividad en el trabajo

Redes sociales y efectividad en el trabajo

Cuan­do tuve mi pri­mer or­de­na­dor no tuve ac­ce­so a in­ter­net. Du­ran­te mu­chos años como abo­ga­do lo uti­li­cé para sus­ti­tuir a la má­qui­na de es­cri­bir y así dis­fru­ta­ba mucho de mi pro­ce­sa­dor de texto. La ge­ne­ra­ción que me pre­ce­de nació con el in­ter­net en la mano, y no co­no­ce el mundo sin él. Algo debe haber su­ce­di­do sino ya ge­né­ti­ca­men­te, sí en la forma de pen­sar de esta nueva ge­ne­ra­ción. En la forma de pen­sar y de ac­tuar, y por tanto, en su forma de desen­vol­ver­se con los otros en su vida dia­ria.

Al le­van­tar­se e in­ter­ac­tuar con su fa­mi­lia; en la pa­ra­da del bus, tren o en el auto; du­ran­te el café o me­rien­da de la ma­ña­na; du­ran­te la jor­na­da la­bo­ral; en sus ratos de ocio y lú­di­cos; du­ran­te la hora de des­can­so para al­mor­zar; el café de la tarde; de re­gre­so a sus casas; du­ran­te los man­da­dos antes de lle­gar a sus casas; y así hasta ter­mi­nar el día. Las redes so­cia­les y el in­ter­net acom­pa­ñan a esta nueva ge­ne­ra­ción todo el santo día, los 365 días del año.

Se han con­ver­ti­do en algo con­sus­tan­cial, vital y casi ex­clu­si­vo de una ge­ne­ra­ción. En un sello que los dis­tin­gue y ca­rac­te­ri­za. Debe haber algo de iden­ti­dad y de per­te­nen­cia en este asun­to. Para al­gu­nos ha de ser algo así como res­pi­rar, como el oxí­geno que nos per­mi­te vivir. En­ton­ces surge la in­te­rro­gan­te: ¿Con­vie­ne res­trin­gir o prohi­bir su uso du­ran­te el tra­ba­jo?

Hoy se­guía un blog, me pa­re­ce que de Re­cur­sos Hu­ma­nos, ad­mi­nis­tra­do por es­pa­ño­les. El más re­cien­te de los de­ba­tes gi­ra­ba en torno a un ar­tícu­lo sobre las gran­des pér­di­das que el uso de in­ter­net y redes so­cia­les im­pli­ca­ba para las em­pre­sas. Por su­pues­to, los co­men­ta­rios en con­tra del ar­tícu­lo re­ba­tían la pre­mi­sa del autor, sos­te­nien­do que más bien se de­be­ría cuan­ti­fi­car las ga­nan­cias de las em­pre­sas vir­tud del in­ter­net y las redes so­cia­les. Ambas po­si­cio­nes tie­nen razón.

Me pa­re­ce que en el fondo es una cues­tión de ad­mi­nis­tra­ción del tiem­po y de la pro­duc­ti­vi­dad de los tra­ba­ja­do­res. Una em­pre­sa con un de­fi­cien­te sis­te­ma de con­trol de la pro­duc­ti­vi­dad, con se­gu­ri­dad no sólo ten­drá gran­des pér­di­das por el abuso en el uso del in­ter­net y las redes so­cia­les du­ran­te la jor­na­da de tra­ba­jo. Co­noz­co el caso de em­pre­sas que prohí­ben a sus em­plea­dos lle­var el ce­lu­lar al baño, pero que tie­nen unas de­fi­cien­cias en sus pla­nes ope­ra­ti­vos y de con­trol-mo­ni­to­reo de la pro­duc­ción y ven­tas que se para el sol a ver­los. No hay que con­fun­dir los po­de­res de di­rec­ción y mando que tiene el em­plea­dor, con la do­mi­na­ción y el con­trol ab­so­lu­to del tra­ba­ja­dor. En estas em­pre­sas, muy pro­ba­ble­men­te, habrá pér­di­das por el mal uso de las ma­te­rias pri­mas, in­ven­ta­rios, cuen­tas por co­brar, com­bus­ti­bles, ener­gía eléc­tri­ca. El frío no está en las co­bi­jas. Estas em­pre­sas no tie­nen pér­di­das por el in­ter­net y las redes so­cia­les, las tie­nen por­que no están or­ga­ni­za­das de ma­ne­ra que sus tra­ba­ja­do­res pro­duz­can lo que deben pro­du­cir, en el tiem­po y modo como deben ha­cer­lo. No saben medir, ni mo­ni­to­rear, ni co­rre­gir a tiem­po. No se trata de ser in­di­fe­ren­tes al pro­ble­ma, si es que en reali­dad es un pro­ble­ma. Es una forma de vivir que nos puede ser ajena o ex­tra­ña a los de otras ge­ne­ra­cio­nes, pero que no ne­ce­sa­ria­men­te debe prohi­bir­se. Debe ra­cio­na­li­zar­se. Una per­so­na tra­ba­ja­do­ra que abusa del uso del in­ter­net, redes so­cia­les y de los men­sa­jes de texto, du­ran­te el tiem­po de tra­ba­jo, no por eso es un mal tra­ba­ja­dor; o peor aún, un tra­ba­ja­dor que le de­pa­ra pér­di­das a la em­pre­sa. De­pen­de de su pro­duc­ti­vi­dad y de sus re­sul­ta­dos y metas al­can­za­das.

¿Qué tipo de em­pre­sa­rio es usted? Si usted es de los que creé que el tra­ba­ja­dor debe estar ca­len­tan­do la silla ocho horas dia­rias, por­que así lo dice el con­tra­to de tra­ba­jo y ade­más, re­ci­be una re­tri­bu­ción equi­va­len­te a ese tiem­po; pro­ba­ble­men­te prohi­bi­rá el uso de no sólo las redes so­cia­les y el in­ter­net, sino que res­trin­gi­rá cual­quier otra ac­ti­vi­dad que no sea hacer pre­sen­cia en el lugar de tra­ba­jo, lo que no está co­rre­la­cio­na­do con efec­ti­vi­dad o con ser un buen tra­ba­ja­dor hoy en día.

Si usted por el con­tra­rio es un em­pre­sa­rio que ejer­ce con sen­ti­do prác­ti­co los po­de­res de di­rec­ción (el tra­ba­ja­dor hace el tra­ba­jo que el pa­trono in­di­ca) el de vi­gi­lan­cia (hay una su­per­vi­sión in­me­dia­ta, cons­tan­te y di­rec­ta sobre el tra­ba­jo que rea­li­za el tra­ba­ja­dor) el de mando (el pa­trono de­ci­de, aún en con­tra de la vo­lun­tad y cri­te­rio del tra­ba­ja­dor sobre la forma y tiem­po de eje­cu­ción del tra­ba­jo) y el dis­ci­pli­na­rio (el pa­trono san­cio­na bus­can­do co­rre­gir) pro­ba­ble­men­te le será más fácil ra­cio­na­li­zar el uso de las nue­vas he­rra­mien­tas de co­mu­ni­ca­ción de la nueva ge­ne­ra­ción de tra­ba­ja­do­res.La prohi­bi­ción, por sí sola no es la so­lu­ción; es más, di­ver­sos es­tu­dios han lle­ga­do a con­cluir que la pro­duc­ti­vi­dad de los tra­ba­ja­do­res baja cuan­do exis­te una prohi­bi­ción ab­so­lu­ta.

Por el con­tra­rio, la la­xi­tud y la des­re­gu­la­ción tam­po­co son la so­lu­ción, sin ob­je­ti­vos y metas cla­ras de­fi­ni­das para cada tra­ba­ja­dor, y sin el co­rre­la­ti­vo deber del em­pre­sa­rio de di­ri­gir, eva­luar y co­rre­gir al tra­ba­ja­dor en re­la­ción con el tra­ba­jo, con sen­ti­do prag­má­ti­co. En el equi­li­brio y en la cla­ri­dad de las re­glas y po­lí­ti­cas la­bo­ra­les in­ter­nas de la em­pre­sa, me pa­re­ce a mí, que está la res­pues­ta que debe dar el em­pre­sa­rio mo­derno a los retos de las nue­vas for­mas de co­mu­ni­car­se los tra­ba­ja­do­res. Un equi­li­brio que debe cons­truir­se con el co­no­ci­mien­to del ne­go­cio que tiene el em­plea­dor y con la guía pro­fe­sio­nal ade­cua­da.

Alfonso Carro
CENTRAL LAW Costa Rica
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